Salud!!

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Soy Beatriz Angela Nolasco Urchaga
Estudié magisterio, profesorado de inglés y dos años más para ser profesora de preescolar. Estudie psicología pero pensé que un buen maestro podía evitar futuros pacientes de psicólogo.
Trás años trabajando en casa realicé cursos de cine y literatura. Volví a la facultad de filosofía y letras para talleres de escritura. Volví a la docencia, hice la carrera de bibliotecaria a los 50 años y trabajé con alumnos de primaria y secundaria. Realicé aun más cursillos, canté como soprano primera en el coro que acompañaba a la Sinfónica de Galicia bajo la batuta de Maximino Zumalave. Hice 5 años en el cuarto ciclo de la Universidad de Santiago y en el continúo.

Debía hacer un viaje en avión de doce horas, me encanta volar pero hay que prepararse, mentalmente digo. Por suerte trato que coincidan ocho horas nocturnas para dormir, por salud, o más bien tratar de hacerlo pero es sentarse y acordarse de los directivos de la compañía.

A mi lado, junto a la ventanilla un señor muy alto y muy amable que trataba por todos los medios de no usar mi posabrazos y no molestarme en lo más mínimo. Eso añadió más preocupación a mi idea de estar tantas horas sintiendo que mi vecino no sólo no estaba cómodo sino que trataba de que yo lo estuviera. Pasadas unas horas y  algunos comentarios confirmé su agradable buena voluntad y que lo estaba pasando peor que yo.

Tocaba la hora de pasearme dando unas vueltas al avión por aquello de evitar colapsos sanguíneos, calambres y o ataques  al corazón.y desentumecer mi cuerpo atrapado en un asiento en el que un niño hubiera sentido claustrofobia. Siempre sospeché que debían poner algo en el ambientador que ayudara, a dormir porque a pesar de numerosos vuelos jamás vi ni un ataque de pánico ni mucha gente despierta. Inclusive me animé un día a preguntárselo a una persona vinculada al chequeo de aviones, que tras mirarme muy seriamente me aclaró que no existe nada de eso.

Evitando brazos que colgaban fuera del asiento y que a veces coincidía con la cabeza de algún pasajero, que estaba apoyada en el posabrazos, que estaba enfrente del brazo y que mantenía su boca abierta hacia el techo, me deslicé muy suavemente por los pasillos ida y vuelta varias veces como haría cada dos o tres horas. La falta de luz y mi despiste natural hizo que en una de esas excursiones me topara con una cortina y a su izquierda un sitio donde estaba sentada una azafata . De un salto dicha señorita se puso de espaldas a la cortina, abrió sus brazos y ofendidísima en un susurro rabioso me dijo que no podía pasar. Le expliqué amablemente que no tenía ningún interés en hacerlo y que deseaba dar la vuelta delante de ella  para seguir con mi caminata medicinal, por mi salud.

Cuando volví al asiento di gracias por las pantallitas que te permiten ver películas  y vi disimuladamente como el señor al lado se volvía a enrollar en su asiento. Mezclaba los diálogos de la película con la  desagradable idea de que haya en este siglo aún diferencias entre los pasajeros en un vuelo de tantas horas, que les den caviar, agua de acantilados lejanos, trufas blancas, pichones de faisán con vinos reserva de las mejores bodegas terminando con frutas exòticas seguidas de flambeados postres de cremas diversas, pero más espacio no, eso es despreciar la salud y la comodidad de la gente.

De todas maneras mi preocupación durante todo el vuelo fue que tenía el vuelo Madrid Santiago con el tiempo justo para abordar el segundo avión.

Llegamos al tiempo exacto en que estaba prevista la llegada, ni un minuto menos ni uno de más. Claro tenía que bajar la primera clase primero por lo que decidí preguntar, con el tiempo suficiente en caso de recibir un sí, y  con mi mejor cara de dulzura natural si podría pasar antes ya que era la única persona que debía hacer la conexión para llegar a Santiago. Pues no, no se podía, los pasajeros de `primera eran los primeros en bajar y no se abrió la puerta de atrás del avión como en otros casos.

Por supuesto, mi ansiedad estaba a tope, más cuando veía, si, habían descorrido la cortina que nos separaba en clases, la paz y lentitud de los pasajeros que se acercaban a la salida con el relajado cuerpo de haber estado en un spa.

Cuando salí por fin del avión comprobé agradecida que podía correr como siempre.

El primer escollo las cabinas donde presentamos el pasaporte y contamos en dos frases la historia de nuestro viaje. Pasé de la fila y me ubiqué adelante de todo y cuando escuche que una mujer le decía a un señor “mira esta que prisa lleva”, le expliqué entre una  respiración agitada y otra, que podía perder una conexión con otro vuelo, muy amablemente me dejó pasar, lo mismo el señor de la ventanilla que inclusive me gritó cuando ya había empezado a correr y ya  estaba a más de  tres metros…suerte!

Todo fue una sucesión de gente que me facilitó las cosas, el control, en fin, todos y en el mini metro pude respirar según los yoguis para afrontar el tramo que aún me quedaba por correr. Al bajar otra vez preguntas cuando no veía un cartel y la gente que respondía con buenos deseos inclusive un chico argentino como yo, me dijo sígame y me ahorró muchos metros del recorrido.

Por fin la puerta de embarque …si, era la última con otra sonrisa más caminé los metros que me separaban del avión pero esa respiración!!!! me delataba, una de las azafatas llenó un vasito de plástico con agua y me lo ofreció sin mediar una sola palabra.

Lo bebí completo, busqué mi asiento mientras oía como cerraban las puertas y me desmayé en el asiento. Si, creo que me desmayé porque desperté unos muchos minutos después y vi con placer el día soleado y el maravilloso verdor que anunciaba mi llegada a Santiago. En mi cabeza no dejaba de sonar música hindú…claro, me había sentido por momentos como se deben sentir los desgraciados intocables de ese país.

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